Yo solo soy el que llegó y el que se fue

El viernes 18, culminaba nuestra Semana Cultural titulada "Aranjuez es Historia. Desde el lunes y hasta el jueves, habían participado Magdalena Merlos, hablándonos del Archivo municipal y la historia de Aranjuez, José Luis Viejo, dándonos a conocer las mariposas del Sur de la Comunidad de Madrid y ese tesoro biológico que es El Regajal; Tomás Ruiz, que nos enseñó la historia del desarrollo industrial de Aranjuez; José Ángel Orgaz, que dio cuenta del nacimiento de nuestra localidad y de sus primeros edificios


públicos, y José Antonio López Medina, sobre quien, por su inmensa generosidad, saber y capacidad comunicativa, se articularon visitas guiadas por el Aranjuez más histórico para los cursos más altos de primaria, los de Secundaria y padres y madres del Centro.

La elaboración de maquetas, retos fotomatemáticos, rimas, relatos, entrevistas radiofónicas con personajes históricos, salidas por la ciudad, reproducciones pictóricas, dramatizaciones de las fuentes… y hasta una carrera solidaria, todo en torno a la historia de Aranjuez, conformaron una Semana inolvidable porque nadie puede tener ese sentido tan humano de pertenencia ni sentirse orgulloso de su localidad, ni disfrutarla, ni quererla, ni respetarla, si no conoce su historia.

Dejamos el Viernes para un fin de fiesta muy espacial, nuestra propia representación del Motín. Un millar de alumnos vestidos de goyescos, de tres a 16 años, arengados por un grupo de exaltados y enfurecidos vecinos (1º de ESO), que en días anteriores habían estado “enredando” por las clases y recreos disfrazados de pregoneros, asaltarían el “Palacio de Godoy”, llevando al Príncipe de la Paz a la cárcel del pueblo.


Pero, antes la historia dio un giro de guion inesperado. Bueno, inesperado y sorpresivo sólo para mi. Chloë, aquella niña de 4 años con la que traspasé de la mano el umbral de la puerta del Maestro Rodrigo la primera vez que se abrió, hace ya once años, venía a buscarme para pedirme que la acompañara a Enfermería porque se encontraba mal. Pero al llegar vi a mi esposa esperando. Mil cábalas por décimas de segundo intentando dar sentido a su presencia, y al dirigirme a ella y ampliar el campo visual, el resto de mi equipo directivo, profesores con cámaras y un altavoz que empezó a regalarme una música que rápidamente reconocí, la banda sonora de “El Club de los poetas muertos”.


Me hicieron pasar a la primera clase donde 20 chicos y chicas vestidos de goyescos me esperaban encima de sus mesas y rompían en un fuerte aplauso que terminó por abrir de par en par las puertas de la emoción. Completaban el cuadro su profesora actual y otras muy queridas para mi que aunque ya no están aquí, quisieron unirse a este homenaje.


Recorrimos aula a aula todo el Centro. En todas ellas los alumnos sobre sus mesas. En todas ellas idéntica emoción. Recogí de todos mis alumnos sus “te quiero”, sus “no te vayas” sus mensajes de cariño en las pizarras y sus ¡Oh capitán, mi capitán!, que entre anudaban corazón y garganta hasta desbordar, sin querer lágrimas, dulces frutos del orgullo y la felicidad. En casi todas las clases los chicos bajaban de manera improvisada de las mesas y venían a abrazarme. Tras el primero todos los demás. Este siempre fue un colegio de abrazos. Y en mi cabeza resonaban aquellas palabras finales sobre el profesor Keating, que tantas veces me han oído recitar mis compañeros y que llevo grabadas en el alma como la estrella del norte queda grabada en la noche para orientar al navegante que la quiera mirar “… abandonó el aula, y el colegio Welton, dejando a los chicos en pie sobre sus pupitres, dueños de sí mismos y de sus destinos".



En Secundaria me esperaban los chicos a ambos lados del largo pasillo, se repetían aplausos, frases de agradecimiento, lágrimas en sus ojos que hacían más fáciles las de los míos; y al llegar a la entrada principal un cordón que destapó la dedicatoria del edificio. Le habían puesto mi nombre. ¿Acaso cabe mayor orgullo?


Continuó este periplo de inesperada felicidad hasta las pistas donde me esperaban todos sentados por filas y cursos, todos los alumnos y sus profesores. En un gran mosaico de letras levantadas por los chicos, se podían leer los mensajes de cada clase, “eres especial”, el mejor director” “te queremos”… Y al frente sobre el escenario natural que forma la acera sobre el talud que da a las pistas, cinco representantes de la promoción que se graduó el curso anterior, nuestra primera promoción, cinco de mis alumnos más queridos, que han compartido conmigo el camino al andar del colegio, sus obras y hasta mis clases como profesor: Ruth, Javi, Lucía, Izan y Alexia. El detalle inolvidable: su presencia y su discurso. ¡Qué difícil es a veces mantenerse “entero”, cuando la que presiona es la emoción! Me hicieron entrega de un libro de dedicatorias (gracias familias), un USB con videos y mensajes de todas clases y libros hechos por los chicos de infantil, tesoros todos ellos que guardaré entre los más preciados de mis recuerdos.


Aun así tomé el micrófono porque no podía dejar de agradecer todos estos años y esta despedida (dura palabra). Agradecí el trabajo compartido con mi primera Jefe de Estudios: Carmen, con Paloma y Ana, Jefe de Estudios y Secretaria, motor durante siete años de un cole tan diferente, en la etapa de más crecimiento y por eso más difícil. A mi actual Jefa de Estudios de Secundaria, Noemí, que ha desarrollado de forma más que profesional un fantástico trabajo duro y sumamente complicado: la integración de la Secundaria en un Proyecto Educativo como el existente en el Centro.

A Julia y Patri que se quedarán al frente del Colegio y para quienes pido toda la ayuda y comprensión; estoy seguro que con ellas, el Maestro Rodrigo seguirá avanzando y siendo ese referente en la Educación que es hoy en Aranjuez y en la Comunidad de Madrid.


Agradecí a mis compañeros profesores y profesoras una despedida, que ni en mis mejores sueños podría imaginar, por supuesto, pero también su generosidad en lo profesional, su entusiasmo, su trabajo, su humanidad, su respeto y aprecio y su cariño. Muchos de ellos, no se me olvidan, ya no estan en el colegio y otros están aquí casi desde el principio y por tanto tan autores como yo de la grandeza de este sueño que empezó hace once años con 3 cursos y 52 alumnos y que se ha convertido hoy en un Centro con tres etapas 58 clases y más de un millar de alumnos.


Agradecí al personal no docente, conserjes (mención especial para Javi y, aunque por su turno de trabajo no estaba no me olvido de Esperanza), administrativos y personal de limpieza, su labor tan importante como necesaria y compleja sobre todo en un año muy difícil por la pandemia.



Agradecí a las familias de este Colegio, que siempre han sido los cómplices necesarios. Primero por depositar su confianza en nosotros, después por su implicación y participación en la vida escolar y por la coordinación con el profesorado. Nos ha tocado vivir dos cursos muy duros que entre todos hemos sacado adelante. Sé que el mejor aprendizaje surge del ejemplo y éste se obtiene durante los primeros años tanto de casa como del colegio. Muy especialmente, mi admiración a todos aquellos presidentas y presidentes del AMPA, vocales y representantes del Consejo Escolar que con su generosa entrega tanto bien han hecho por el Colegio. También y por igual motivo a quienes han hecho posible todas esas actividades tan especiales: fiestas del agua, noche mágica, mercadillos, la Milla del Maestro, excursiones, teatros, presentaciones, semanas culturales, Rodwarts, deportes…


Agradecí a todos los chicos y chicas (a mis rodriguillos) el cariño y el respeto que siempre he obtenido de ellos y del que hoy me han dado la mayor representación. Sois lo más importante, nada de lo que hemos hecho y hacemos aquí tendría sentido si no fuera por vosotros. Siempre os puse en el centro de todo el proceso de enseñanza y aprendizaje, no me arrepiento y sigo pensando así. Os quiero.


Y agradecí a quien durante casi toda mi vida ha estado a mi lado (porque es falso que detrás de cada hombre haya una gran mujer, ella siempre estuvo a mi lado) animándome, aconsejándome, apoyándome, facilitando mis tiempos de dedicación al estudio, a la formación o a la escuela; mi razón, mi vida, la madre de lo más grande: mis dos hijos; nada sin ella: mi esposa, Mª Teresa.


Y así, lleno de agradecimiento, feliz hoy que mi tren llega a destino y feliz por el viaje y por quienes como viajeros me acompañaron, entre abrazos y muestras de cariño de profesores y alumnos (sé que también de padres a los que por las consecuencias de la pandemia no me queda más remedio que echar de menos) bajo las notas del Concierto de Aranjuez aparecio Guillermo Gómez, campeón de patinaje con ruedas, alumno de 2º de ESO, al que admiro y sigo desde que empezó en este deporte tan artístico y estético, para dedicarme (¡a mí! ¿merezco tanto?) una actuación que guardaré por siempre en la memoria. ¡Qué maravilla!


Emocionado, con el corazón aún encogido, muchas, muchas gracias a todos y hasta siempre.


Javier Parente Alonso

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